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El desarrollo de la capacidad humana para la transformación de nuestro entorno ha modificado, y continúa alterando, las normas de funcionamiento del ecosistema Tierra hasta tal punto, que estos cambios han puesto en entredicho la propia capacidad de para mantenr el nivel de vida actual.
En la economía global es cada vez más necesario un paradigma que, desde una visión holística, afronte la complejidad de las relaciones entre las dimensiones ecológica, social y económica de cada territorio como base para el establecimiento de un sistema de aprovechamiento de los recursos que garantice su competitividad.
A lo largo de millones de años, la Tierra ha demostrado su capacidad para adaptarse a alteraciones de toda índole. De hecho, han sido enormes las transformaciones que han posibilitado que la vida florezca y se desarrolle en la diversidad de formas y especies que hoy conocemos. Los grandes cambios, que se han producido fundamentalmente en la biosfera, evidencian una constante evolución, si bien, para garantizar el equilibrio del sistema, las transformaciones se producen según estrictas pautas y dilatados espacios temporales.
A lo largo de milenios, la Humanidad permaneció en armonía con este ecosistema, sin que ello limitase la capacidad de progreso de sus individuos y sociedades si bien, desde antiguo, se puede evidenciar que existe una relación directa entre la capacidad del hombre para la transformación del medio y la magnitud de las crisis ambientales provocadas por efectos imprevistos. Normalmente, los sistemas naturales han sido capaces de absorber los daños provocados pero en ocasiones, los excesos incontrolados han contribuido al colapso de grandes Civilizaciones sin que esto haya puesto en entredicho la continuidad de la vida en la Tierra.
Para la Naturaleza considerada como un todo, no es necesaria la perpetuación de la especie humana así que no tiene sentido pensar que la introducción de criterios sostenibles en los procesos de toma de decisiones sobre las actuaciones humanas tiene como objetivo salvar el Planeta. El ecosistema Tierra es anterior a la Humanidad y es muy probable que continúe existiendo después de nosotros. Ser conscientes de esto y no actuar en consecuencia, nos hace responsables de los problemas que simplemente trasladamos a las futuras generaciones.
La transformación del modo de producción a partir de la Revolución Industrial dotó al ser humano de una extraordinaria capacidad para transformar el medio y alterar los procesos naturales. La mecanización de nuevos procesos productivos dependientes del uso de fuentes energéticas de origen fósil, ha posibilitado la explotación de los ecosistemas con una intensidad y velocidad sin precedentes hasta superar, en la actualidad, la capacidad de renovación natural del Planeta.
Bajo el prisma de las nuevas condiciones socioeconómicas derivadas de la Revolución Industrial, la perspectiva ambiental no era relavante ya que los recursos naturales parecían inagotables. Esta forma de entender la realidad ha provocado una disociación teórica entre lo natural y lo humano que ha perdurado y todavía persiste profundamente anclada en el estilo de vida occidental. Considerar al hombre como un actor externo a su medio y a la naturaleza como un objeto a su disposición ha terminado por establecer un estilo de vida materialista dependiente de grandes flujos de materiales y energía que al ser detraídos de sus sistemas naturales provocan importantes efectos sobre los mismos.
Desde que empieza a tomar consciencia de los límites de este modelo de crecimiento, la economía ortodoxa desarrolla una rama denominada economía ambiental dedicada al estudio de los problemas suscitados por la gestión del medio.
En breve, la solución que se plantea por esta vía es la traducción en valor económico de todo activo ambiental. Así, las ineficacias del estilo de vida consumista se solventan interiorizando los efectos externos e imputando todos los costes a sus responsables económicos.
Sin embargo, esta idea sigue fundamentada en una visión antropocéntrica y protectora de un determinado sistema productivo. Lejos de ser una solución, estas propuestas no son capaces de satisfacer las necesidades vitales de la mayoría de la población del Planeta y continúan deteriorando de forma irreversible la biosfera y destruyendo los recursos naturales. Con la internalización de los costes ambientales en la economía, sólo se consigue disminuir los síntomas, pero sin enfrentarse a las causas estructurales que han provocado esta situación.
Para afrontar el reto de avanzar hacia una economía sostenible, es necesaria una profunda transformación de nuestros planteamientos que posibilite una transición rápida desde el modelo actual de sociedad industrial hacia un modelo con nuevos principios y paradigmas. Un modelo en el que la economía favorece los desarrollos tecnológicos al servicio de un progreso social, que no se entiende sin alcanzar un grado de equidad suficiente para garantizar la cohesión y la convivencia, pero sobre todo, que retome la armonía con el entorno para reequilibrar los ciclos naturales que de otro modo amenazan el estado de bienestar.
Todos tenemos un papel importante que jugar en este empeño por la sostenibilidad pero al igual que nuestra contribución personal debe ser realizada en función de nuestras capacidades, lo mismo debe ocurrir desde la perspectiva de la competitividad de nuestro sistema productivo.
Para avanzar hacia una economía sostenible es necesario que los procesos de toma de decisiones, incorporen toda la información relevante y el conocimiento disponible sobre las capacidades y potencialidades de nuestro entorno, así como de los previsibles efectos de nuestras actuaciones sobre el mismo. Con esta información podremos realizar propuestas con más conocimiento incorporado que por lo tanto resultarán propuestas más inteligentes.
A poco que miremos a nuestro alrededor encontramos espacios que tienen su riqueza natural como nexo común: las Fragas do Eume, la Serra do Courel o la Serra do Xurés, incluso ecosistemas tan diferentes como el Parque Natural do Alvão y el Parque Natural de las Illas Atlánticas. El oso se resiste a abandonar el noroeste peninsular y el lobo sigue imponiendo su aullido por las noches. Llevamos siglos cultivando la tierra donde se crían las carnes de Tras-os-Montes y se prensan algunos de los vinos más reconocidos mundialmente. Hacia el oeste, el Atlántico recorta un extenso y productivo perfil costero que asciende desde las playas de la arena más fina hasta los acantilados marinos más altos de Europa. Y aquí, en el fin del mundo, conservamos el patrimonio del Alto Douro Vinhateiro, la ciudad de Santiago de Compostela y sus caminos, el Centro Histórico de Guimarães, la Muralla Romana de Lugo, el centro Histórico de Porto y la Torre de Hércules.
Viendo nuestro potencial y partiendo de una revisión de la Teoría de las Ventajas Comparitivas de David Ricardo desde la perspectiva de la Transition Culture de Rob Hopkins ¿por qué no apostamos por convertirnos en la Reserva Natural y Alimentaria de Europa?. Esto nos permitiría poner en valor los elementos estratégicos que sustentan nuestro ecosistema y que nos singularizan como Eurorregión y orientarlos al servicio de la creación de las condiciones necesarias para sentar las bases de un modelo económico que garantice la competitividad futura sin riesgos de obsolescencia tecnológica ni posibilidad de deslocalización.
La Reserva Natural y Alimentaria de Europa es una propuesta igual de válida que cualquier otra que incorpore niveles similares de coherencia estratégica. Lo importante es llevar a cabo una reflexión profunda que identifique en nuestro territorio, en nuestra naturaleza, en nuestra historia y cultura, en definitiva, en nuestra identidad, las claves para la sostenibilidad y la competitividad económica de la Eurorregión en un mundo globalizado.
Artigo publicado na revista Actualidad€ de la Câmara de Comércio e Indústria Luso-Espanhola
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That REM lyric has come to mind several times in recent days as the occasional friend or Dot Earth reader has described the spate of devastating floods, heat waves and fires, giant icebergs and other disruptive events as a sign that some momentous unraveling is beginning.
In one such conversation, I mused on whether this perception, in fact, is simply the result of the global media and World Wide Web distilling all of human existence into a super-concentrated 24/7 digital elixir of alarm. After all, in 1929, the last time the Indus River had floods as devastating as those experienced in recent days, this is what the news looked like (in The Times at least):
Researchers in the social sciences have explored the relationship of media exposure to attitudes and fears before, with the answer being a qualified yes, as in this 2005 study, “News Media Use and Perceptions of Global Threat.” I’ve sent out a query to a batch of scientists working on this question and will report back. Some commentators have posited that humans have what almost amounts to a deep-rooted desire for apocalypse that shapes our reactions to events and warnings.
When looked at with a lens taking in the full flow of history, of course, people’s lives are getting better, the proportion of the human population dying young or slaughtered or savaged has steadily dropped.
Does this mean we should just party on, disregarding scientists’ warnings about the long-term consequences of the intensifying human growth spurt?
Hardly.
Indeed, I’m convinced that Stuart Hart of Cornell University was right when he addressed the Clinton Global Initiative meeting last year. He described the concept of chronocentrism — a tendency for every generation to feel that its time is uniquely momentous; but he asserted that this moment in human history — the next 40 years or so, as our centuries-long pulse of vaulting numbers and appetites crests — is truly special.
The special nature of this juncture, to me, is that three phenomena are cresting simultaneously: our impacts on the planet, our ability to observe and analyze them and our ability to disseminate resulting ideas and impressions instantly, from a satellite camera or supercomputer to a TV screen in Illinois or a mobile phone in Punjab.
But we’ve developed these capacities far faster than we’ve figured out how to respond to them — both in filtering information that, while scary or sexy, distracts from more meaningful, but subtle, trends, and developing the discipline to recognize human traits that cause us to ignore important, but less flamboyant, clues pointing to a promising path of least regret.